En suma, cada uno fue aportando lo que pudo.
Uno dio un pedazo de corazón que quedó enganchando en una canción y una mirada.
Otro donó un racimo de alveolos y un manojo de bronquios, sucios y desgastados, pero que seguían funcionando.
A aquella, no le supuso un esfuerzo desprenderse de unos gramos de su hígado para la causa… y quien más quien menos contribuyó con una bonita cantidad de fluidos corporales.
Estas cosas se unieron a impulsos perdidos de nuestro olfato, vista, oído, gusto y tacto y todo fue recubierto por capas y capas de polvo que se acumulaba sobre los muebles del sótano después de cada sesión.
Así, pasados siete largos años, al fin dimos a luz a un cadáver exquisito, una criatura divina cuyo único fin era morir en el preciso instante de su nacimiento.

